Convivencia escolar en Chile: qué revelan las más de 17 mil denuncias de 2025
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Actualizado: hace 1 día

Las denuncias por convivencia escolar alcanzaron en 2025 su nivel más alto en cuatro años: 17.076 casos, un 22,2% más que en 2024, según la Superintendencia de Educación. Detrás de la cifra hay un mensaje directo para directores y jefes UTP: la convivencia dejó de ser un asunto secundario y hoy condiciona toda la gestión pedagógica.
Pocas cosas desgastan tanto a un equipo directivo como un conflicto de convivencia mal resuelto. Una denuncia de apoderados, un protocolo activado a destiempo o una situación de maltrato entre estudiantes pueden consumir semanas de trabajo, tensionar al cuerpo docente y desviar la atención de lo esencial: el aprendizaje. Quien dirige un establecimiento lo sabe bien, porque buena parte de su agenda ya no se juega en lo curricular, sino en la gestión de las relaciones dentro de la comunidad educativa.
Los datos más recientes confirman que esta percepción no es exagerada. La convivencia escolar se consolidó como la principal fuente de reclamos del sistema educativo chileno, y las cifras de 2025 marcan un punto de inflexión que ningún equipo directivo debería pasar por alto.
Un alza sostenida: las cifras de la Superintendencia de Educación
Durante 2025, la Superintendencia de Educación registró 17.076 denuncias en el ámbito de convivencia, un crecimiento de 22,2% respecto de 2024 y el nivel más alto de los últimos cuatro años. El dato más elocuente es su peso relativo: estos casos representaron el 75,3% del total de denuncias ciudadanas recibidas por la institución, es decir, tres de cada cuatro reclamos que llegan al sistema tienen que ver con cómo se relacionan las personas dentro de la escuela.
Al desagregar las cifras, el maltrato a párvulos y estudiantes sigue siendo la categoría más frecuente, con 9.299 casos, equivalentes al 54,5% del total. Pero el incremento más llamativo está en las denuncias por discriminación, que pasaron de 2.042 casos en 2024 a 2.869 en 2025: un salto de 40,5% en un solo año. El fenómeno, además, cruza todas las dependencias: las tasas por cada 10 mil estudiantes son similares en establecimientos públicos (45), particulares subvencionados (47,9) y particulares pagados (52,6). Ningún tipo de colegio está al margen.
¿Más conflictos o más conciencia de derechos?
La lectura fácil sería concluir que las escuelas chilenas están simplemente más violentas. La propia Superintendencia matiza esa interpretación: el aumento también refleja un marco normativo más exigente y una mayor conciencia ciudadana sobre los derechos dentro del sistema educativo. Las familias conocen mejor los canales de denuncia, esperan respuestas formales y toleran menos las gestiones informales que antes resolvían los conflictos de pasillo.
Para los equipos directivos, esta distinción es clave. Si una parte del alza responde a familias más dispuestas a denunciar, entonces el desafío no es solo reducir los conflictos, sino profesionalizar la forma en que el establecimiento los previene, los registra y los responde. Un colegio puede tener menos incidentes que hace cinco años y, aun así, acumular más denuncias si su gestión de convivencia sigue siendo reactiva e improvisada.
El costo invisible para la gestión escolar
Cada denuncia formal activa un engranaje que consume recursos escasos: horas de dirección e inspectoría dedicadas a investigar y documentar, reuniones con apoderados, descargos ante la Superintendencia y, con frecuencia, un clima laboral docente que se resiente. Ese tiempo no vuelve, y sale directamente del que debería destinarse al acompañamiento pedagógico, la observación de aula y el trabajo con los profesores.
El efecto sobre los aprendizajes es igualmente concreto. La evidencia nacional e internacional es consistente en que los establecimientos con climas de convivencia deteriorados obtienen peores resultados académicos y mayores niveles de ausentismo, tanto de estudiantes como de docentes. Invertir en convivencia no es un gasto blando: es una condición de base para que la enseñanza ocurra.
Cinco focos de trabajo para directores y jefes UTP
Primero, pasar de la reacción a la prevención: mapear los conflictos recurrentes del establecimiento y trabajar sobre sus causas, no solo sobre sus síntomas. Segundo, revisar y socializar los protocolos: gran parte de las denuncias escala porque las familias sienten que el colegio no siguió sus propios procedimientos o no comunicó a tiempo. Tercero, fortalecer las competencias socioemocionales del equipo docente, que es quien enfrenta el conflicto en primera línea y suele carecer de herramientas específicas para contenerlo y encauzarlo.
Cuarto, gestionar con datos: registrar sistemáticamente los incidentes, analizarlos por curso, nivel y tipo, y usar esa información en el plan de gestión de la convivencia, en lugar de esperar el reclamo formal para reaccionar. Y quinto, incorporar activamente a las familias, no solo como denunciantes potenciales, sino como aliadas en acuerdos de convivencia claros y conocidos por todos. Las cifras de 2025 indican que la presión sobre los equipos directivos seguirá creciendo; la diferencia la marcarán los establecimientos que decidan construir capacidades internas antes de que el próximo conflicto llegue a la puerta de la dirección.




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